Cuento de Pascua: La liebre

Este es el tercer cuento de liebres que publicamos para Pascua. Esta vez, protagonizado por una liebre veloz como el viento y sin miedo. Siempre dispuesta ayudar a sus hermanas. Muy apropiado para acompañar la busqueda de los huevos de Pascua que tanto disfrutan niñas y niños. (Ojalá sea moderado el consumo de chocolate)

Érase una vez un campo donde los verdes tallos de maíz se erguían desde la oscura tierra. Un día, se acercó saltando una liebre, con sus dos largas orejas tiesas como dos cucharas. Se puso a roer unos tallos jugosos y luego se sentó mirando a su alrededor para ver si se acercaba alguien. Durante toda la noche estuvo dando vueltas. Al llegar la mañana buscó un lugar donde descansar, escogiendo un sitio junto al sendero del campo. Antes de echarse a dormir, corrió un poco hacia un lado; luego dio media vuelta y volvió por el mismo camino; pero de repente, dio un gran brinco, se fue saltando un poco más lejos, escarbó la hierba y la tierra, y después se sentó sobre sus patas de atrás poniendo su cabeza entre las delanteras. De esta manera se dispuso a descansar. Mientras tanto, un perro que se acercaba corriendo por el sendero, al oler a la liebre, empezó a correr de un lado a otro. Como no levantaba su hocico del suelo, el perro no vio los dos ojos negros que se asomaban por entre los verdes tallos. El perro se fue enfadado porque había perdido la pista de liebre. Y por fin la liebre pudo dormir.

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