Las manos nos hacen: recuperemos nuestra libertad.

La Mano de Dios, modelada hacia 1896–1902, tallado hacia. 1907, Mármol. Auguste Rodin. Cortesía del Metropoltan Museum de N.Y.
Basado y sostenido en la mera observación

En lo manual radica nuestra humanidad, dado que a través de estas plasmamos nuestra naturaleza. Traducimos nuestro ser a partir de lo creado y para ello el puente primordial son nuestras manos, que para actuar precisan de la alquimia de voluntad, tiempo y observación. La mano destila nuestro espíritu.

Es impresionante y lo veo evidentemente en el ejercicio de escribir sobre ello: dentro de mí he tenido durante muchos meses las ideas de este texto dando vueltas con una claridad abismal, pero a la hora de bajarlo al papel, de traspasarlo mediante mis manos a algo que otra persona sea capaz de leer y asimilar… Al traducirlo a una materialidad, se torna bastante difícil, las manos reaccionan lento, la voluntad escasea y el tiempo se transforma en letargo…

Para que la obra manual traduzca la esencia humana, ha de existir una voluntad potente y el sistema en el que estamos inmersos apunta a la reducción de la voluntad, predominando la búsqueda de la inmediatez. Esto ocurre principalmente porque el motor que nos mueve ha dejado de ser nuestra libre voluntad para reemplazarla por la dependencia monetaria. Estamos inmersos en una era de híper producción y por ende de extremo consumismo, aquello nos hace dependientes de la luminiscencia fluorescente, una luz enceguecedora que está perfectamente calculada para mantenernos en la somnolencia del frenesí. Ya no hay tiempo sino horarios; ya no hay voluntad, sino dinero; ya no hay manos, sino máquinas.

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